TIEMPO MUERTO

Diego Izco

Periodista especializado en información deportiva


Correr

17/03/2020

Un buen día, Josecho compartió con el mundo su recorrido y su tiempo. Era una aplicación, nos explicaba entusiasmado, que usaba el geolocalizador de tu teléfono móvil, diligentemente apretado al antebrazo con un dispositivo de velcro a juego con la gorra y los calcetines técnicos de presión, para trazar tu ruta en un mapa virtual, y te calculaba no sólo la distancia recorrida, sino también las zancadas, las calorías quemadas y la velocidad media. Supongo que ese día se jodió todo: cuando estos iluminados, la raza más atontada de los runners, pensaron que nos importaba su vida, que trascendiendo y publicando sus hazañas (llevo mucho tiempo jugando pachangas y no se me ocurriría contarle a nadie mis desgracias, más que hazañas, a través de las redes sociales) serían mejores.

Marino, a los sesenta, sigue corriendo sus 45-50 kilómetros semanales con sus viejas pantalonetas normales de muslo abierto, sus calcetines normales, sus zapatillas normales y su normalidad al trote, sin dar tanto por saco. Deja el móvil en el coche y patea el viejo parque con otros dos paisanos, algo más jóvenes, con los que se va contando la vida entre jadeos. Le da la vida la sensación del aire en la cara y las greñas, o lo que queda de ellas, viajando en bamboleo de hombro a hombro. Se apunta a las carreras para correrlas, no para "superarse a sí mismo", por la camiseta de «finisher», por la foto en el Insta o competir contra otros gilipollitas supinadores, que en el grupo de Whatsapp han bautizado el evento Batalla Asics-Adidas.

Ambos, los josechos y los marinos, se están subiendo por las paredes en esta época de confinamiento. Pero me jugaría un céntimo a que los que amenazan con correr de noche, los insolidarios, los que más se quejan, los multados y los insultados por sus vecinos por idiotas son, mayoritaria o exclusivamente, los primeros.