VERDADES ARRIESGADAS

Víctor Arribas

Periodista


El ocaso mágico

Al anochecer del domingo ocho de marzo, todo cambió. Súbitamente arreciaron los casos de contagio, hasta entonces controlados gracias a una labor de contención en la que no era necesario tomar medidas drásticas. Cuando el sol se puso, la magia negra de la oscuridad envolvió el país y el coronavirus, de repente, se convirtió en emergencia sanitaria de primer orden. Lo que no era necesario solo unas horas antes de aquél atardecer de leyenda se convirtió en imprescindible unas horas después. Hasta ese momento en que confluyeron dragones y fuego del averno contra los ciudadanos españoles, un médico con cara de bonachón era el encargado de trasladar los mensajes a una opinión pública perpleja y desorientada, que alucinaba con la ausencia de líderes que tranquilizaran a la población, o todo lo contrario. No había hasta el ocaso mágico problema alguno para que hubiera partidos de fútbol con decenas de miles de asistentes, ni mascletás multitudinarias, ni manifestaciones politizadas con ministras protegiendo sus manos con guantes morados de látex. Pero aquella noche todo cambió, al mismo tiempo que se recogían las pancartas.

Cambió todo hasta el punto de que compareció el presidente, oculto hasta entonces durante semanas desde que el virus había llegado a España. Los poderes de la magia nocturna de aquél domingo de marzo llegaron a tal extremo. Movido por ese resorte paranormal, el líder político del país abría el tarro de las esencias anunciando medidas, medidas, más medidas, y dinero para las familias. Lo que todos los gobiernos habían anunciado días antes. Tuvo la suerte de que nadie le repreguntó si había pecado de excesiva tranquilidad a la hora de prohibir concentraciones de público antes del atardecer del domingo, pero es que las ruedas de prensa gubernamentales están demasiado dirigidas y encorsetadas. Aprovechó para anunciar el aplazamiento en el pago de impuestos, pero ni palabra de aplazar la subida de impuestos anunciada para castigar a los contribuyentes y financiar el aumento del gasto público que se nos avecina. Aunque eso es otra historia lejana al coronavirus. El presidente pidió que no se utilice el virus con fines politizados, y que entre todos los partidos haya unidad frente a un enemigo que no tiene ideología. Un enemigo muy distinto a aquél ébola, terriblemente ideológico, que le permitió atacar al gobierno de entonces sin reparar en calificativos. Su hoy vicepresidente clamaba entonces culpando al Gobierno de causar el contagio por los recortes y por su incompetencia. Ahora lo que corresponde es apoyar a aquellos que tienen la responsabilidad de tomar las decisiones.

El tiempo dirá si la actitud del Gobierno fue irresponsable manteniendo hasta el lunes la fase de contención, cuando ya conocía la extensión masiva del contagio.