TRIGO LIMPIO

Luis Miguel de Dios

Escritor y periodista


Villalar dentro

20/04/2020

Por primera vez desde 1976, el año que lo prohibió Fraga, no estaré en las eras de Villalar de los Comuneros para celebrar el Día de Castilla y León. Al igual que otros muchos con los que coincido edición tras edición, lo echaré en falta. Es una cita conmigo mismo, con mi tierra y con el futuro que sueño para ella. En Villalar he recibido siempre una descarga de energía e ilusión que solo encuentro en lugares muy especiales y contados: un monumento, un cuadro, un libro, una canción y, claro, una cita con la historia. Curiosamente, van pasando los años pero esa sensación irrepetible no me abandona. Al contrario, va creciendo, se hace más fuerte conforme se acerca el 23 de abril y ya me sueño paseando por el pueblo, saludando a viejos amigos que quizás no vuelva a ver hasta otro Villalar, tarareando las canciones del Nuevo Mester de Juglaría, charlando, pensando en lo que pudo ser y no fue y animado ante un porvenir que se presenta duro, y este año más, pero que no podemos dejar en manos de quienes siempre han manejado esta tierra nuestra para su beneficio. Sería una irresponsabilidad tirar ahora la toalla y dejar, sin pelear, que la agonía de la despoblación y el envejecimiento culminen en lo peor. Y ahí, en ese terreno, siempre he creído que el Día de Villalar juega un papel vital. Como símbolo, como aglutinante, como herencia histórica, como crisol de ilusiones y esperanzas. La concentración comunera fue siempre una fiesta de las libertades, un lugar donde nadie es más que nadie, una cita con nuestras propias raíces y aspiraciones. A Villalar han querido cargárselo muchas y poderosas personas, hasta gobernantes de Castilla y León y de España, pero no han podido. Tampoco podrá el coronavirus. En este infausto 2020, tenemos que celebrar el 23 de abril en nuestros adentros, en los corazones. Y también en los balcones. Tenemos la obligación moral de hacer el mejor Villalar de la historia, de vivirlo con la mayor intensidad, de entonar el “Castilla canto de esperanza” con más ganas y convicción que nunca, como una simiente de futuro. La necesitamos.