LA RAYUELA

Óscar del Hoyo

Periodista. Director de Servicios de Prensa Comunes (SPC) y Revista Osaca


Estigmas

No puede parar de llorar. Su angustia es tremenda. Todo el mundo parece reconocerla por la calle y Tiziana, que acaba de cumplir los treinta, está cansada de tener que agachar la cabeza cada vez que sale a dar un paseo por Nápoles. Un maldito vídeo de carácter sexual es el origen de todos sus problemas. De un móvil a otro corre como la pólvora hasta hacerse viral para acabar en varias páginas webs de pornografía. Una pesadilla que no ha hecho nada más que empezar.
Camisetas, sudaderas, fundas de teléfono, pegatinas, grafitis... La imagen de los ojos de la joven italiana y la frase con la que arranca la grabación -Stai facendo un video? ¡Bravo!- aparecen impresos en cualquier soporte. La bola de nieve se hace cada vez más grande y Tiziana, al borde de caer en una profunda depresión, emprende una batalla judicial para eliminar el rastro de esa maldita filmación de la que tanto se arrepiente.
Su vida se convierte en un auténtico infierno. Pasa los días encerrada en casa y, aunque trata de cambiar constantemente de look para pasar desapercibida, es reconocida en cualquier parte. Incluso dos futbolistas de la selección italiana parodian en un supermercado las escenas del vídeo. El sufrimiento es insoportable y Tiziana, que cada día está más avergonzada, decide romper con todo y trasladarse a vivir a la Toscana. La joven comienza también a tramitar la documentación para cambiarse de nombre y la Justicia ordena que la grabación sea eliminada de varias páginas webs y de distintos buscadores. Eso sí, el derecho a ser olvidada le supone el desembolso en costas de 20.000 euros; un duro golpe del tribunal que muchos califican de insulto.
La Fiscalía investiga a cinco hombres por la difusión de los archivos, pero Tiziana no puede más. Pese a sus múltiples intentos por revertir la situación, nada cambia. Una tarde de septiembre consuma lo que lleva tiempo rondando por su cabeza. Baja al sótano, se ata una cuerda al cuello, sube a una silla y decide poner punto y final a sus días. Italia pasa de la burla a la conmoción en pocas horas.
Este trágico suceso, acaecido en el país transalpino en septiembre de 2016, guarda una enorme similitud con el registrado la pasada semana en la localidad madrileña de San Fernando de Henares, cuando Verónica, una joven de 32 años trabajadora de la fábrica de Iveco, se suicidaba después de que se compartiesen por WhatsApp  durante días unos vídeos eróticos suyos entre los móviles de centenares de empleados de la plantilla de la factoría. Incluso acabaron llegando al terminal de su marido y padre de sus dos hijos, que, según parece, recriminó a su mujer lo sucedido. No era la primera vez. Esas imágenes ya se habían compartido tiempo atrás, pero en aquella ocasión consiguió que no se propagaran masivamente.
Verónica, sobrepasada por una situación que expuso en el departamento de recursos humanos de la compañía, no pudo soportar las risas maliciosas, los comentarios despectivos, las vejaciones y las burlas que recibía en su puesto de trabajo por una grabación íntima y personal de hacía cinco años. La humillación y la ansiedad ganaron el pulso a la vida. 
El mediático caso del vídeo de la concejala de los Yebenes Olvido Hormigos provocó una reforma del código penal español en el año 2015, que, desde entonces, contempla como delito la difusión de imágenes privadas sin autorización de la persona afectada cuando se viole gravemente su intimidad y aunque la víctima diera en su día el consentimiento para la filmación. El artículo 197.7 establece penas de prisión de tres meses a un año o multa de seis a 12 meses para quienes hayan compartido esos vídeos.
¿Qué pasaría si estas grabaciones las hubieran protagonizado hombres? Más allá del ámbito judicial y de la investigación que lleva a cabo la Policía, está el terreno de la ética. Es preocupante que, tan solo dos días después de que Verónica se suicidara, el vídeo de la trabajadora de Iveco fuera uno de los más buscados en Google y ocupara los primeros puestos del ranking de una web de pornografía, como ya sucediera en su día con La Manada de Pamplona. 
La tecnología ha traído consigo un sinfín de ventajas, pero también está sacando a la luz los instintos más bajos del ser humano. ¿Es consciente la sociedad de los peligros que conlleva compartir este tipo de imágenes y de las graves consecuencias que puede tener estigmatizar a personas como Tiziana o Verónica? 
Ellas confiaron ciegamente en aquellos que acabaron convirtiéndose en sus verdugos.