TIEMPO MUERTO

Diego Izco

Periodista especializado en información deportiva


Guaje

Tenía que titularse «El guaje que fue futbolista porque se rompió una pierna», pero no cabía. No es una historia de superación al uso, ni la cinta de domingo a mediodía «basada en hechos reales» en la que el pequeño Tommy logra un 'home run' después de salir del coma tras sufrir un atropello por parte de su vecino alcohólico que lo deja todo para cuidar del niño y lograr que triunfe en el béisbol. No es una broma de mal gusto ni una redacción asomada al humor negro tipo «El chico que jugó a béisbol -por seguir con Tommy- sin brazos» o «La bailarina coja» o «Campeón de tiro al plato en su pueblo a pesar de su ceguera (dispara de oído)». David Villa fue David Villa por pelotas, nunca mejor dicho, porque le gustaba el balón mil veces más que los libros y porque cuando se rompió la pierna derecha -aún siendo un guaje, «niño» en asturiano, por si hace falta decirlo- bajó con las muletas a la pared de su casa para aprender a darle con la zurda. Ese día, mirándole por la ventana, quizás entre lágrimas o quizás pensando «este crío es tonto, se va a romper la otra», sus padres supieron que iban a tener un futbolista.

Lo que nadie podía imaginar era la dimensión que iba a adquirir el personaje: siguió siendo el tipo normal, descendiente de mineros, sanote, honrado y tímido durante 165 horas semanales… pero un goleador cercano a la leyenda (o dentro de ella) durante tres horas, o sea, dos partidos.

El resto del planeta echa la mirada atrás cuando el genio anuncia la retirada. Todos quieren encontrar es punto exacto en que abandonó su condición terrenal para entrar a formar parte de la historia. Nada (Eurocopa, Mundial, Champions'11, Ligas, 'pichichi' de España…) habría sido posible sin un fémur roto: las clásicas cicatrices que nos hacen más fuertes. En su caso, un futbolista de época.