Si salimos de esta habrá que reconocer que los milagros existen. A la crisis sanitaria más aguda de nuestra historia reciente -más de 25.000 muertos y más de 200.000 infectados- se une un desplome sin precedentes de nuestra economía con cerca de cuatro millones de parados y cuatrocientos mil más uncidos a los ERTES. Un ancla que podría desaparecer así que cese el confinamiento porque el Gobierno ha decidido condicionar su duración a la prórroga del estado de Alarma.

Prórroga que cuando esto escribo sigue el aire porque algunos de los partidos que apoyaron la investidura de Pedro Sánchez (ERC, Bildu) votarán en contra o se abstendrán. Posición esta que podría ser la que finalmente adoptara también el PP cuyo líder, Pablo Casado, refiere que hasta ahora no ha recibido del presidente del Gobierno otra propuesta que la adhesión sin contrapartidas a las tesis del Ejecutivo.

Junto a los últimos datos del paro también hemos conocido que cinco millones de personas reciben algún tipo de ayuda pública. Las expectativas de recuperación a corto plazo de nuestra economía son pesimistas. Según cálculos de la Confederación Española de Comercio, un 20% de las empresas no sobrevivirán a la crisis. El sector da trabajo a un millón trescientas mil empleados. Hay miedo a volver a las rutinas comerciales de antes de la epidemia. Hasta que no tengamos a mano una vacuna, nada volverá a ser igual.

La crisis económica apareja una crisis social sin precedentes y la cosa se agrava por la extrema polarización de la vida política. Tenemos una clase de políticos que no están a la altura de la situación. Van a lo suyo. Se diría que pasan de los muertos y actúan mirando las encuestas. Pedro Sánchez plantea la prórroga del estado de Alarma como una cuestión de confianza encubierta. Un plebiscito que absuelva al Ejecutivo que preside de los errores cometidos en la gestión de la epidemia. El: "O se aprueba la prórroga o será el caos" -planteado por el ministro José Luis Ábalos- delata un tic cesarista que chirría en el contexto de un Estado democrático.

En todo este proceso Sánchez ha optado por marginar a la oposición a la que ahora reclama apoyo para mantener el estado de Alarma. Es una muestra más de la arrogancia con la que se maneja en la política. Ni siquiera ahora que está con el agua al cuello y sus aliados de la investidura le abandonan es capaz de bajar del pedestal y negociar con Pablo Casado las condiciones para que el PP pudiera apoyar la prórroga. Por su parte el PP -antes de abstenerse o votar en contra- debería pensar que terminar abruptamente con el confinamiento podría generar un repunte de la pandemia. No sería culpa suya, pero le endosarían los muertos. Tendría pues que dejar claro que podría apoyar la prórroga, pero con condiciones. Estamos ante una tormenta perfecta. En términos náuticos: naufragio seguro. Sí conseguimos salir, será un milagro.