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El psicólogo segoviano que ayudó en el diván del 11-S

Nacho Sáez
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Juan Otero, que estaba disfrutando de una beca en Nueva York cuando ocurrió el 11-S, se encontraba a dos kilómetros del World Trade Center en elmomento del impacto y después atendió a supervivientes y familiares de víctimas.

El psicólogo segoviano que ayudó en el diván del 11-S - Foto: Rosa Blanco

Todavía se emociona al recordar algunas de las historias que le relataron supervivientes y familiares de víctimas del 11-S, del que este sábado se cumplen veinte años. La historia de Juan Otero y los atentados de Nueva York apenas se conoce en Segovia a pesar de que es segoviano y de que sigue visitando periódicamente a su familia en San Lorenzo. Han sido los medios de comunicación de Sevilla –donde trabaja en el Hospital Virgen del Rocío desde hace 22 años– los que se han hecho eco de que estaba en Manhattan el día que impactaron los aviones contra las Torres Gemelas y de que después colaboró como psicólogo en el gran dispositivo de emergencia que se desplegó.

Este especialista en Psicología Clínica de 53 años –entonces tenía 33– había llegado a Nueva York en julio de 2001 para disfrutar de una beca de seis meses. Una estancia que tuvo un antes y un después como consecuencia de los atentados. Se encontraba en el Hospital Belevue. «Cuando entraba a trabajar al hospital, vi en una de las salas de espera de las consultas lo que estaba pasando a través de la televisión», comienza su relato de aquel trágico día. «Al principio la sensación es de incredulidad. El Hospital Bellevue está a unos dos kilómetros de las Torres Gemelas, pero en ese primer momento no temes por tu vida. Lo primero que hice fue mandar un correo a mi familia para decir que estaba bien». El choque con la realidad se produjo al bajar a la calle. «Recuerdo que al salir del hospital había mucho caos. Estaba todo el tráfico parado, la gente andaba muy preocupada por la calle, había cazas en el cielo... Como estaba paralizado el transporte había que ir andando a todos los lados. Cualquiera que haya estado en Manhattan conoce todos los puentes que hay para conectar con todos los barrios y las imágenes eran dantescas de la gente andando por los puentes para ir a los barrios», cuenta.

Otro golpe de dramatismo se produjo para él al llegar al lugar en el que se alojaba. «Donde yo vivía era la residencia de otro hospital debajo del puente de Queens y desde mi piso se veían las Torres. Ese día, solo una humareda increíble. No te puedes imaginar que detrás de ese humo está todo caído. No sé si saqué una foto, no lo recuerdo». A pesar de todo asegura que no sintió miedo. «No llegué a sentir temor por mi vida, pero entiendo que llegara a ser así en personas más vulnerables o no tan vulnerables». La barbarie cambió la vida de Nueva York. «Los días siguientes toda la ciudad estaba inundada de humo y de papelilllos volando, que no sé si serían del material de construcción de las Torres o de qué. También me acuerdo del bombardeo de la televisión y de que ahí empezó la sensación de miedo y peligro. Decían que había mucho riesgo de atentados con ántrax, lo repetían muchísimo, y cada vez que salías a la calle o montabas en un autobús estabas con la cosa de que podía haber otro atentado. Montabas en el metro, daba marcha atrás y te ordenaban salir», explica este segoviano.

El psicólogo segoviano que ayudó en el diván del 11-SEl psicólogo segoviano que ayudó en el diván del 11-S

Él se convirtió en parte de la solución para afrontar el duelo. Aunque nunca había trabajado en la atención a víctimas de una catástrofe, el jefe de servicio de su hospital le pidió colaboración. «Me ofreció ir a una nave en la que se estaba atendiendo a supervivientes y familiares de las víctimas. La sensación de caos de la población en general también existía en el sistema sanitario porque daban una orden, luego una contraorden… Hasta que finalmente en un muelle se montó una especie de nave para atender todo tipo de necesidades de personas afectadas por la catástrofe. Alojamiento, empleo… Y había una parte de salud mental. Ahí fue donde tuve la ocasión de atender a supervivientes y familiares de las víctimas», apunta. En ese momento comenzó una tarea que tenía objetivos bien definidos: «La labor era ver el nivel de gravedad que había en esas personas y derivarlas a sus hospitales de área. Solo era una labor de valoración y derivación a otros recursos».

Aquí se le entrecorta la voz al  revelar el dolor que le transmitían quienes había perdido a familiares y amigos o se habían visto atrapados por la sinrazón. «Recuerdo a una mujer cuyo marido trabajaba en la planta ochenta y pico de las Torres. Contaba que su marido la había llamado cuando había ocurrido todo esto y que le habían dado la instrucción de que subiera a la parte de arriba porque estaban rescatando a gente desde la azotea. Ella iba comunicándose con él mientras subía, pero le dijo que arriba la puerta no se abría y en ese momento se cortó la comunicación.  Recuerdo otro caso de una mujer que había entrado a las Torres a hacer una gestión y estaba en el piso veinte. Me describía lo que había ocurrido y que, al dar la orden de evacuación, había bajado asustadísima a la calle y que al salir del edificio había caído alguien que se había tirado por la ventana. Y que había otro cadáver al lado».

Pero no todas las víctimas eran capaces de exteriorizar sus sentimientos. En muchos casos los cuerpos no habían aparecido. «Una gestión que promovimos fue ir con un grupito pequeño de familiares a la ‘zona cero’. Y allí sobre una montaña de hierros tiraban un ramito de flores y servía de despedida en cierto modo». Él pasaba horas y horas en la carpa que enseguida le empezaron a pasar factura. «Al entrar por la mañana ponían una alfombra, venía una cantante a cantar el himno, la nave no tenía luz natural… Entraba por la mañana y no salía hasta las seis o siete de la tarde. Salía somatizando la tensión que se vivía», destaca.

Los profesionales como este psicólogo segoviano empezaron a celebrar encuentros para compartir esas vivencias. Les servían como terapia. Como unos perros entrenados que se paseaban por la carpa. «Estabas un poco solo allí y no te podías abrazar a un compañero al que apenas conocías, así que había perros por allí a los que hacías carantoñas, se te subían...».

No le dio tiempo a analizar la evolución que experimentó la sociedad americana después de la tragedia, pero Otero sí que reconoce que fue una experiencia muy enriquecedora aunque a la vez muy dura. Tampoco después se ha dedicado a las catástrofes, aunque tiene algunas claves. «Las personas afectadas tienen por delante una tarea importante de recuperación porque hay que tener en cuenta que todos tenemos nuestro equilibrio y sistema de vida y un acontecimiento así trunca totalmente la vida de las personas. Si además hay seres queridos entre los fallecidos, mucho más. Son experiencias que no se pueden extirpar como si fuera un tumor. Esto tiene que elaborarse, integrarse y hacer estas experiencias parte de uno para recuperar aunque sea en parte el nivel de vida previo. Cada persona tiene sus mecanismos de recuperación y hay personas que no necesitan ayuda profesional pero otras sí».

Él ha vuelto a Nueva York de visita «en dos o tres ocasiones», pero nunca más volvió a saber de las víctimas que atendió en el que probablemente haya sido el acontecimiento más impactante desde la II Guerra Mundial. El día que todos mirábamos al cielo con temor a lo que pudieran hacer los aviones.