Pedro Sánchez habló en el Congreso de una Legislatura, esta, que va a durar cuatro años. Un plazo imposible, lo siento por el presidente, tanto de prever como, en el fondo, de cumplirse. A este paso, resulta impensable que lo único que no vaya a cambiar respecto a la España de antes de marzo sea este Gobierno. A menos, claro, que Sánchez esté pensando en un Gobierno diferente, sustentado en otras fuerzas que no sean las independentistas, con las que pienso -y me congratula- que la distancia, paso a paso, le guste o no al presidente del Gobierno central, va aumentando.

Fueron varias las voces, la primera la de Gabriel Rufián (Esquerra), que admitieron el final de la mayoría de la investidura, es decir, la que posibilitó la formación del actual Gobierno de coalición PSOE-Unidas Podemos, un Ejecutivo que, antes de las elecciones, Sánchez insistió en que jamás se formaría, porque, recuerden, no nos dejaría dormir a los españoles. Ahora, ante la catástrofe derivada de la pandemia, ninguno de los propósitos con los que se fundó apresuradamente aquel (este) Gobierno tiene ya sentido: ni el programa, ni los métodos que se expusieron en enero tienen vigencia ya cuatro meses después. La pandemia ha arrasado con todo, con nuestras costumbres, con nuestras relaciones, con nuestra economía y con nuestra moral.

Se notaba en la sesión parlamentaria de este miércoles, que, de nuevo por los pelos, de nuevo in extremis, dio un nuevo plazo de oxígeno a Sánchez y al estado de alarma por 15 días. No creo que ni el mismísimo Sánchez tenga muy claro lo que hay que hacer después del verano. Ni siquiera antes. Que no nos diga que está seguro de poder agotar esta Legislatura, para la que aún quedan tres años y medio. Si en cuatro meses ha pasado todo lo que ha pasado, a este ritmo imagine usted lo que puede ocurrir en otros 42 meses. Puede ocurrir casi todo... menos que este Gobierno, tal y como está, con esta composición, agote la Legislatura. Yo creo que no llega ni a diciembre. Otra cosa es que Pedro Sánchez, que es lo que le importa, siga residiendo en La Moncloa. Eso, con otros acompañándole, sí es quizá posible. Quién puede saberlo: ni siquiera Sánchez lo sabe.