CRÓNICA PERSONAL

Pilar Cernuda

Periodista y escritora. Analista política


España en Semana Santa

Los políticos andan a vueltas con la campaña, los tracking y las posibles fórmulas de gobierno, pero la España real mira hacia arriba a ver si vienen lluvias.

Los de playa ya han asumido que difícilmente pisarán la arena, pero la gran mayoría tienen otra preocupación: si la cosa viene en condiciones de que salgan las procesiones.  No hay plásticos, lonas ni pantallas transparentes que valgan, las figuras de los pasos y tronos,  vírgenes y cristos, no pueden exponerse a daños irreparables. Los hermanos mayores de las cofradías cargan sobre sus espaldas una decisión que a veces solo ellos defienden: quedarse en la casa de hermandad o en la iglesia para evitar males mayores.

España  es mayormente católica aunque no vaya a misa. A muchos de los que  presumen de ser agnósticos  se les escapa un padrenuestro a San Antonio cuando pierden algo y buscan altares mayores catedralicios cuando quieren  una boda  de tronío.   Y que no le queda duda a nadie: cuando se recogen en procesión, cuando lloran con desconsuelo porque la lluvia les impide salir, cuando se emocionan ante una saeta,  un paso que se eleva como un resorte ante el golpe del martillo, el silencio sobrecogedor ante la puerta de un templo que se abre para que salga una virgen rodeada de velas y flores, cuando no hay más sonido que unos tambores  tocados por manos incansables e inmunes al dolor de las horas sin tregua, las emociones son de verdad, sinceras,  conmovedoras.

Los políticos han abierto debates absurdos sobre la presencia de la legión, sacar o recoger los pasos con el himno nacional,  si deben participar bandas militares, y si las mujeres pueden ocupar cargos en las cofradías después de haber logrado, con naturalidad,  participar en las procesiones con los mismos hábitos que los hombres y en sus mismas condiciones. Son polémicas ajenas a lo que de verdad importa a quienes viven la Semana Santa sintiéndola como días especiales. En muchos casos, como los únicos días que verdaderamente se sienten parte de un colectivo con sentimientos muy profundos, sentimientos que no afloran el resto del año y que a veces, los que los viven, niegan o que sean cristianos. Sin embargo, en lo que sean, son sinceros.

Sorprende a los foráneos que personas que viven lejos de su tierra,  a los que  nunca han visto en una iglesia y que llevan una vida absolutamente ajena a lo que marca la iglesia católica, cuando se acerca la Semana Santa cogen carretera o se suben a un avión porque consideran inaplazable su cita con su hermandad, a la que generalmente guarda devoción y fidelidad absoluta desde que era niño. O, sin  formar parte de una hermandad,  no puede escapar a la necesidad de estar en su ciudad cuando las imágenes religiosas de toda su vida, ante las que con frecuencia lloran,  recorren las calles en las que creció.

Lo que ocurre en Semana Santa es inexplicable.