Un corazón dividido entre dos barrios

Nacho Sáez
-

María de Frutos Mate creció en San Lorenzo, pero construyó su hogar en el Cristo del Mercado. El pasado 28 de marzo falleció por culpa del coronavirus.

Un corazón dividido entre dos barrios

La calle La Hoya conserva el aroma a arrabal que aún impregna algunas zonas de San Lorenzo. En una de sus casas de una o dos alturas, que todavía hoy resisten el envite del urbanismo moderno, nació María de Frutos Mate (Segovia, 7 de enero de 1935), la pequeña de ocho hermanos de una familia que sabía disfrutar de lo que hoy nos parecen pequeños placeres y que entonces, en plena posguerra, una época marcada por el hambre, eran un tesoro. Como las tardes en el río. En el transcurso de una de ellas –tal y como contaba la propia María a sus hijos–, encontraron una gallina ahogada en el cauce y ya en casa la prepararon en pepitoria.

La infancia y la adolescencia de esta segoviana, fallecida por culpa del coronavirus el pasado 28 de marzo, discurre en San Lorenzo, donde también trabajó en La Segoviana, esa mítica fábrica de loza que forma parte del imaginario colectivo de este barrio y de toda la ciudad. María contribuyó a escribir esa rica historia hasta que contrajo matrimonio con Saturnino Díez, el joven del municipio vallisoletano Matapozuelos del que se enamoró y con el que protagonizó una historia de esfuerzo, sacrificios y por supuesto también de felicidad.

La que les proporcionaron a ambos la llegada de sus cuatro hijos, Ángel, Saturnino, Rosa y María José, criados en el Cristo del Mercado. María ‘traicionó’ a su San Lorenzo para construir su hogar en otro de los barrios de la ciudad que se define por la identificación de sus vecinos con él. También fue su caso. De hecho quería que su funeral se celebrara en su iglesia a pesar de que ahora, desde hace unos años, vivían en Nueva Segovia. La crueldad de los tiempos que toca vivir lo ha impedido de momento, pero en el aire flota –y eso no hay virus que lo pueda borrar– el ejemplo de lucha de ella y su marido.

Mientras María se volcaba en el cuidado de la casa y en la educación de sus hijos, Saturnino trabajaba como panadero por las mañanas, como operario en la fabricación de cajas por las tardes y a veces incluso como camarero. Sudor y más sudor. Sin embargo, la vida les golpeó con crueldad. Primero al arrebatarle a su hijo Saturnino en un accidente de tráfico y ahora con este amargo adiós de María, a la que le encantaba la costura, las revistas y pasear por las calles del Cristo del Mercado. «Es muy duro no poder abrazar a tus padres y a tu hermano cuando fallece tu madre», relataba el pasado domingo una de sus hijas. Al menos no se le había quedado clavado el dolor de no haberse podido despedir de ella. «Cuando se la llevaron al Hospital, a pesar de que tuvo que ser con una mascarilla puesta, la pudimos abrazar», revela. Su padre también enfermó, pero afortunadamente lo ha podido superar.