Mucho gusto, señor Google

Sergio Arribas
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Los profesores Nacho e Iria, voluntarios en Cáritas, junto con parte del alumnado del taller de informática. - Foto: Rosa Blanco

A sus 90 años, Carmen 'flipa' con el navegador de internet, aunque lo que le encanta es hacer 'puzzles' en la pantalla. La religiosa jesuitina es la alumna más longeva del taller de informática para mayores que imparten voluntarios de Cáritas.

Es el último día del curso, el día que se dan las notas y entre el alumnado sobrevuela un ligero nerviosismo. No es el caso de Carmen, la veterana de la clase, con 90 años cumplidos. Sentada frente al ordenador, con la mano en el ratón, muestra su proeza en la pantalla. Ahí está resuelto, con éxito, el puzzle. Es un jilguero. Religiosa jesuitina dedicó toda su vida a la enseñanza en los colegios de la orden. «Cualquier cosa que me abra horizontes, me gusta», comenta la maestra y ahora alumna, admirada por la «paciencia» que han tenido con ella y sus compañeros, de 80 años de edad media, sus profesores, Iria y Nacho. «Me ha costado, una tiene ya sus limitaciones y aquí es donde más salen, porque hay que atender, te dan órdenes para hacer cosas y, a veces, se olvidan», confiesa la religiosa que ya piensa repetir el próximo curso y no por que las notas hayan sido malas.
Carmen es una de las alumnas que, desde el mes de septiembre, han acudido todos los martes al Centro Corpus, de la Fundación Caja Segovia, para participar en el taller de informática para mayores de Cáritas.
El curso de alfabetización digital trasciende al hecho de que los alumnos, el 80% mujeres, adquieran nociones básicas en el uso del ordenador o de los teléfonos móviles de última generación. A los objetivos de ámbito social, de paliar la soledad, crear una red de amigos y mejorar su autoestima, existe también los terapéuticos, como trabajar la memoria y la ‘motricidad fina’ —el uso de ojos, manos y dedos a la vez—, a través del teclado y el ratón. «Hace poco ya han pedido que les enseñen cómo descargarse aplicaciones al teléfono o pasar fotos al ‘pendrive’. Cuando oye hablar de Facebook, ya saben lo que es, entran en las conversaciones y sus nietos alucinan, y eso les genera mucha autoestima», explica la técnico de Cáritas, Begoña Tardón.
Con 79 años cumplidos, Ana María, al igual que Carmen, es religiosa y ha sido maestra toda su vida. ¿Por qué acude? «Nunca es tarde para aprender», suelta la hermana jesuitina, que se confiesa «reacia» a todo lo informático. Imbuida de la disciplina religiosa, Ana María hace propósitos para emplear más el ordenador que tiene en casa, aparato relegado por «las cincuenta mil cosas con las que me enredo cada día». En la pantalla, el navegador de Google dispuesto a una nueva búsqueda. «Es que puedes buscar y encontrar información de todo», añade la religiosa, «maravillada» por el avance tecnológico.
«Llegará un momento en que sepan hasta lo que pensamos», le dice Ana María a su compañera de pupitre y de orden religiosa, mientras comenta que también tiene el «cacharrito» —un teléfono smartphone con el whatsapp— «el guasa»— que maneja con ritmo lento pero efectivo.
«Hablo con mucha gente», afirma la mujer, que no duda cuando se le pregunta por aquello que ha descubierto y le ha dejado anonadada. Ni Google, ni ninguna web, ni el pendrive que les regalaron al inicio del curso, ni tan siquiera que la dirección de ‘correo’ que tiene cada alumno lleve el símbolo de «la arroba» (@), palabra que identificaban con aquella unidad de peso antigua. «Lo que más me ha gustado es la calidad de los profesores. No sabes casi nada, vas un poco tensa, pero tanto Nacho e Iria son encantadores», afirma la maestra.
Ana María se refiere al ingeniero informático Ignacio Sánchez y a la arquitecta Iria Heredia, ambos voluntarios de Cáritas y docentes en este curso. Ignacio —o mejor Nacho—  está opositando y desde hace tres años encuentra hueco para enseñar informática a personas mayores. «Tienen muchas limitaciones de base. Algunos —apunta— apenas pasaron por el colegio, poco tiempo, y toda su vida se dedicaron a trabajar. No tuvieron oportunidad de aprender y ahora vienen encantados».
Lo primero fue asignarles una dirección de correo electrónico para que pudieran comunicarse con sus familiares. Un par de clases se dirigieron al uso de los móviles, sobre todo por el tema de las fotos, que ya saben descargar también al ordenador, donde las pueden ver a gran tamaño. «Hay veces que hacemos cosas en clase y al día siguiente se olvidan de algún paso. Toca reforzar todos los días», comenta Nacho, que procura enseñar cosas fáciles y entretenidas, que no les generen frustración y les desmotiven. «Tienen ratos —comenta el profesor— que hablan de que no han aprendido nada, que no les da la cabeza, que se olvidan. Pero si vemos cuando empezaron y ahora, al final de curso, desde luego que han aprendido mucho, eso sí, a su ritmo».
Un procesador de textos, como el ‘Microsoft Word’, les resulta atractivo. En algunas clases, Nacho invita a que copien con el teclado algún texto. Ocurrió con la leyenda del Acueducto o un extracto del Quijote de Cervantes. «Solo el hecho de escribir y que eso aparezca en pantalla, ya les gusta», comenta el profesor, que se lleva un importante bagaje de las clases. «Es gente que ha vivido mucho más que tú. Siempre te cuentan cosas que te enriquecen. No solo aprenden ellos», añade.
Iria es el primer año que ejerce como profesora voluntaria en el programa de Cáritas. «Podrían decir, a estas alturas de la vida… ¿para qué? Esta ilusión y ganas por aprender, ese esfuerzo que están demostrando, es un ejemplo para todos», comenta la arquitecta, que ha observado entre sus alumnos el «impacto» que les provoca, por ejemplo, escribir el nombre de su pueblo en el navegador y que aparezca toda la información en la pantalla; o «algo tan sencillo para nosotros como adjuntar un archivo en un correo, para ellos es muy llamativo».
Lidia Fernández, con 80 años, lleva cuatro cursos con las clases de informática. «Cuando empecé una vecina me dijo: ‘anda con tu edad, ¿cómo vas a ir?’. Ya le respondí, que quería distraerme y nunca era tarde para aprender y aquí sigo, aunque yo soy muy torpe», confiesa Lidia, mientras esboza una ligera sonrisa.
El único hombre que hoy está en clase es José Rafael Rodríguez, de 77 años. Está viendo un vídeo en Youtube, gracias a unos cascos de dimensiones apreciables. Es colombiano, aunque procede de Venezuela, desde donde llegó a España el pasado mes de octubre. Graduado en mecánica de equipo pesado, dedicó su vida a la reparación de camiones y montacargas, y a la dura tarea del campo. «Nunca tuve la oportunidad de aprender informática. Quise comprarme un portátil, pero nunca pudo ser», explica José, que, antes de este curso, ya hizo uno anterior para el manejo del teléfono móvil. «Antes manejaba el normal, el raspahielo como le llamamos. Ahora, con éste, ya uso hasta el whatsapp», confiesa el colombiano, que ha encontrado en internet una forma sencilla de comunicarse con los familiares y amigos que dejó en el país caribeño.
En el aula están también Montse Muñoz y Amparo Sanz, ambas de Bernuy de Porrero. Profesora de escuela infantil jubilada desde hace tres años, Montse, a sus 68 años, buscaba algo qué hacer en invierno y, junto con su amiga, encontró en este curso la mejor propuesta para conjugar aprendizaje y entretenimiento.  «Uso mucho el whatsapp, también el correo electrónico… pero soy un poco bruta -dice Montse-, algunas palabras me suenan un poco grandes, pero intento aprender. No puedo quedarme desfasada».
Aunque se anunció que los profesores les iban a leer hoy la cartilla, con la entrega de las notas, todo era una falsa alarma. Aprobado generalizado o, si se quiere, no hay notas para que ‘repitan’ al año siguiente. Google tiene 750 millones de usuarios en todo el mundo. Y entre ellos están también, gracias a Cáritas, Carmen, Ana María, José Rafael, Amparo y Montse.