Capotes de ilusión

M.Galindo
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Los alumnos de la Escuela Taurina de Segovia dirigida por Emilio de Frutos abonan su vocación para ser toreros preparándose a la espera de poder hacer realidad su sueño de triunfar en el albero

Los alumnos posan con el director Emilio de Frutos en el coso de la Escuela. - Foto: DS

Sólo lleva poco más de un mes en la escuela, y Álex Torazno coge la muleta y baja la mano derecha como mandan los cánones para ensayar un pase al natural en el centro del albero del pequeño coso de la Finca 'Los Cerros'. Concentrado en ejecutar el lance con la máxima perfección, con 11 años ya ansía ponerse delante de una becerra, y aunque aún es pronto para poner en práctica lo hasta ahora aprendido, reconoce sentir «respeto» a la hora de un cada vez más cercano primer enfrentamiento con el animal; pero imitando el empaque de los toreros ante el riesgo asegura que «por todo hay que empezar en esta vida».

Álex es uno de los diez jóvenes alumnos de la Escuela Taurina de Segovia, que desde hace poco mas de dos años ha puesto en marcha el torero y empresario taurino segoviano Emilio de Frutos, con el objetivo de servir como cantera para futuras promesas del toreo en la provincia que ha dado nombres ilustres a la tauromaquia española como Andrés Hernando, Victor Barrio o el propio director de la escuela.

La idea de abrir una escuela taurina empezó hace unos años impulsada por el propio De Frutos, que reunía a un grupo de chavales que entrenaban junto a él «y cuando me vine a mi finca decidí llevarlos conmigo y abrir la posibilidad de aceptar a nuevos alumnos que quieren ser toreros».

Así, en la Finca 'Los Cerros', ubicada en La Higuera, los alumnos se dan cita tres o cuatro veces por semana en la tarde - dependiendo de su disponibilidad, ya que la práctica totalidad de ellos compaginan sus estudios con su afición-  para seguir las enseñanzas de Emilio de Frutos, que ha contado con colaboraciones puntuales como profesores de maestros como Julio Aparicio o Ruiz Muñoz; aunque ahora es él mismo quien se encarga porque «no podemos meter a nadie más ya que no contamos con ninguna ayuda».

El director asegura que las enseñanzas se adaptan a las edades de cada alumno, de manera que con los más jóvenes se comienza por lo mas básico que es «saber estar» con una muleta o un capote para ejecutar los distintos lances, y desde ahí va aumentando el nivel de exigencia de forma paralela a la edad de los alumnos. En este sentido, De Frutos señala que el objetivo durante el curso - que va de febrero a octubre- es que «los chavales se vayan encelando y que vayan cogiendo afición; y es bonito ver en momentos cómo algunos les fluye el toreo con naturalidad».

Los alumnos pagan una cuota mensual de 50 euros por participar en el curso que tiene un componente eminentemente práctico, aunque también hay momentos para conocer la teoría sobre los conocimientos de la tauromaquia, porque «también es necesario conocer la historia y la técnica que tiene este arte".

Los  más avanzados tienen la posibilidad de participar ya en festejos compartiendo cartel con alumnos de otras escuelas o bien en solitario, impulsados por la faceta empresarial de Emilio de Frutos. Este es el caso de Jorge Oliva, Daniel Hernández y Jesús Manso, que conformarán la terna de su primer cartel de luces en un festejo que tendrá lugar el próximo 4 de mayo en Valsaín, y que se completará con una exhibición de recortes. No es la primera ocasión en la que estos alumnos se enfrentan ya a novillos, pero la ilusión de vestir por primera vez el traje de luces les imbuye de una mayor responsabilidad.

Jorge Oliva no duda en señalar que «lo más difícil del toreo es el fracaso, no tener ideas para torear delante de un toro, y para superarlo lo mejor es entrenar mucho y ser muy serio». «Tengo muchas ganas y mucha ilusión y quiero que los que vengan a verme se lleven una buena imagen de mi», asegura.

En la misma onda, sus compañeros Hernández y Manso quieren demostrar su vocación torera y se sienten apoyados por sus familiares y amigos, pero sin descuidar sus obligaciones académicas en bachillerato y en el grado medio de Deportes que cursan respectivamente. «Creo que los toros son una forma de entender la vida, y nuestra familia nos apoya, aunque bien es verdad que se preocupan porque es una profesión en la que nos jugamos la vida», asegura Hernández.

Mucho más jóvenes y a la espera de que les llegue su oportunidad, el resto de compañeros de la escuela siguen con interés las enseñanzas del maestro De Frutos, que a pie de albero corrige los movimientos de los alumnos con el capote y la muleta. Atenta a sus explicaciones, Lola Sanz es la única chica del grupo de alumnos, pero a sus 12 años tiene clara su vocación y lleva algo más de un año regando en la escuela su pasión por el toreo. Así, señala que desde que está en la escuela «tengo más confianza en lo que hago y me da mucho orgullo decir que vengo a la Escuela Taurina».  
Con referentes como El Juli o Roca Rey, la aprendiz de torera asegura que "me gustan los toreros que se ponen el toro muy cerca", y el director de la escuela asegura que ella «torea más bien que la puñeta  y tiene aptitud y afición».

Para De Frutos, es tan importante conseguir que la escuela forme buenos toreros como que quienes pasen por la finca «puedan sentir y amar la fiesta de los toros», sobre todo en un tiempo de especial dificultad para la permanencia de este espectáculo, acorralado por las críticas y por la falta de apoyo institucional.  

«Lo más importante es que en el tiempo que estén en la escuela, los chavales aprendan a respetar esta profesión, se dediquen o no a ella en un futuro, porque los valores de sacrificio y superación que les inculcamos dia a día les pueden servir para el resto de su vida».
Pese a ello, lamenta que la escuela no cuente con la ayuda de las administraciones locales y provinciales, y asegura que el viento en contra que sopla hacia la Fiesta Nacional «creo que es más una moda, porque las instituciones tienen que ver que nuestro trabajo en la escuela se está haciendo bien y con mucho cariño, porque de lo que se trata es de fomentar la cultura de los toros, que forma parte de nuestro propio acervo cultural como país».

Pero la ilusión por verse en carteles de ferias como San Isidro o Sevilla prima en el corazón de todos los alumnos, que aseguran que la vocación es más fuerte que cualquier otra dificultad. «A mis amigos les gustaría mucho verme torear, pero hay otros que no les gusta mucho y les entiendo, pero les pido que respeten a quienes queremos dedicarnos a ello», señala Lola Sanz. «Ahora mismo, mi objetivo es seguir aprendiendo, y la crítica a un torero dentro y fuera de la plaza le tiene que dar igual, porque lo importante es que cuando te vean por la calle digan: ese chico quiere ser torero», sentencia Daniel Hernández.